A cuatro mil cuatrocientos kilómetros de casa

Cuando empecé a escribir este blog lo hice a modo de diario personal, en el que narrar un viaje que me llevó a 4.400 kilómetros de distancia para cumplir un sueño, ver la Aurora Boreal. Pero tiempo después pensé que merecía la pena hacerlo no sólo por tener un recuerdo de esta aventura, sino también ayudar a todos los que soñáis con viajar hasta Laponia para contemplar el mágico baile de las auroras y, de paso, hacer actividades en la nieve durante el día. ¡Porque hay que entretenerse hasta que caiga la noche! Y así fue cómo, entre el espectacular baile nocturno de luces y la belleza de los paisajes blancos y los fiordos de azul profundo, quedé profundamente enganchada del lugar, tanto que cuando estaba en el aeropuerto antes de irme, ya estaba planeando cuándo volver.

Esta primera aventura comenzó en Copenhague, donde tomé un avión para cruzar el Círculo Polar y llegar a Tromsø, una pequeña ciudad rodeada de fiordos y montañas conocida como la capital del ártico. Era la primera vez que pisaba tierras polares y que aterrizaba sobre una pista cubierta por la nieve. La primera en pisar una playa nevada con el agua congelada en la orilla y en dar de comer a los renos. Después de varios días, y para huir un poco del frío, me bajé al sur de Noruega para navegar por el agua espejada de sus fiordos vikingos, subirme al famoso tren de Flåm y pasear por las calles de Bergen.

Unos meses después, en verano, recorrí el mismo camino para disfrutar de otro espectáculo único, el sol de medianoche. Y en esta ocasión fue la primera vez que me di un chapuzón en las aguas gélidas del ártico. También viví las 24 horas de sol permanente sin noche y recorrí la impresionante isla de Senja, conduciendo por sinuosas carreteras en las que se cruzan los renos. Después de días casi sin dormir por tanta luz, bajé de nuevo al sur y me asomé al majestuoso precipicio del Preikestolen, conocido como el Púlpito de los Dioses. Pasee por las calles de Stavanger, rodeada de casitas blancas de madera, y me bañé en una playa de Oslo. Ahora ya sé por qué dicen que Noruega es uno de los países más bellos del mundo.

Estas dos aventuras me dieron la oportunidad de coincidir con españoles por el mundo, conocer cómo vive el pueblo sami, alucinar con auténticos barcos vikingos y, por increíble que parezca, descubrir que el norte tiene un paraíso propio, escondido en preciosas islas de montañas escarpadas y playas blancas de agua turquesa.

En marzo de 2020 puse de nuevo rumbo hacia tierras polares, comenzando la ruta desde Estocolmo hasta Kiruna, en Laponia sueca. Intenté ver auroras mientras paseaba en un trineo tirado por huskies, pero esta vez el tiempo no acompañó. Tampoco cuando crucé la frontera noruega para llegar a las Islas Lofoten, un enclave único por su inmensa belleza, la nevada era demasiado fuerte. El tren del ártico que me llevaría a Narvik nunca llegó debido a una fuerte nevada. Y nada más llegar en coche a las islas me tuve que volver al aeropuerto a buscar vuelos de vuelta a España. El Covid-19 irrumpía en nuestras vidas. Aterricé un sábado 14 de marzo en un Madrid confinado, donde el tiempo se había detenido con la vida de puertas para adentro.

Update: en breve escribiré sobre mi último viaje. La espectacular Islandia y, ahora sí, las Islas Lofoten

Itinerario marzo 2019: Copenhague – Tromsø – Isla de Kvaløya y Sommarøy – Bergen (Næroyfjord y Flåm) – Londres

Itinerario julio 2019: Oslo – Tromsø – Isla de Kvaløya – Isla de Senja – Stavanger – Preikestolen

Itinerario marzo 2020: Estocolmo – Kiruna – Narvik – Islas Lofoten

Itinerario septiembre 2021: Islandia – Bodø – Islas Lofoten – Oslo